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El protector solar no debería vivir en el bolso de playa


Durante muchos años hemos relacionado el protector solar con las vacaciones, la piscina y los días de playa. Lo compramos cuando se acerca el verano, lo aplicamos al llegar frente al mar y, una vez terminadas las vacaciones, vuelve a quedar olvidado en algún cajón. 


Sin embargo, la radiación solar no es un fenómeno vacacional. Forma parte de nuestra exposición cotidiana. 


Recibimos radiación cuando caminamos por la calle, conducimos, esperamos el autobús, hacemos ejercicio, trabajamos cerca de una ventana o acompañamos a los niños durante sus actividades al aire libre. También estamos expuestos en los días nublados, aunque no sintamos calor ni veamos el sol con claridad. 


Esta confusión nace, en parte, de pensar que el daño solar solamente ocurre cuando la piel se enrojece. Pero una quemadura es apenas una de sus manifestaciones más evidentes. La radiación ultravioleta puede producir alteraciones celulares antes de que aparezca enrojecimiento y sus efectos se van acumulando a lo largo de la vida. 


Con el tiempo, esa exposición puede favorecer manchas, pérdida de elasticidad, arrugas prematuras y distintos tipos de cáncer de piel. Por eso, el protector solar debería dejar de considerarse únicamente un cosmético asociado con la belleza. Su función principal pertenece al terreno de la prevención y del cuidado de la salud. 


No se trata solamente de conservar una piel joven o de evitar las manchas. Se trata de reducir un daño que puede comenzar desde la infancia y hacerse visible muchos años después. 


También hay exposición en algunos espacios cerrados 


Estar bajo techo disminuye considerablemente la exposición directa al sol, pero no siempre la elimina por completo. La radiación UVA puede atravesar determinados vidrios, por lo que quienes trabajan durante horas junto a una ventana o pasan mucho tiempo conduciendo pueden recibir una exposición que conviene tener en cuenta. No quisiera ser alarmista yque de repente tengamos que vivir atemorizados. Tampoco que la pantalla del teléfono o de la computadora represente el mismo riesgo que el sol. Significa, sencillamente, que debemos observar cómo transcurre nuestro día: cuánto tiempo permanecemos al aire libre, si trabajamos cerca de grandes ventanales, si conducimos con frecuencia y cuál es el índice ultravioleta de nuestra zona. 


En un país tropical como Costa Rica, la protección solar no debería depender de si el día parece soleado o de si hemos planeado ir a la playa. Debería formar parte de una rutina razonable y adaptada a la exposición de cada persona. 


Un hábito que debería comenzar en la infancia 


A los niños les enseñamos a lavarse las manos y a cepillarse los dientes. Repetimos estas acciones hasta que dejan de sentirse como una obligación y se convierten en hábitos naturales. ¿Por qué no hacer lo mismo con la protección solar? 


La exposición excesiva durante la infancia y la adolescencia puede influir en el riesgo de desarrollar enfermedades de la piel durante la edad adulta. Por eso, educar desde edades tempranas tendría un alcance mucho mayor que cualquier campaña dirigida únicamente a quienes ya presentan manchas, fotoenvejecimiento o lesiones sospechosas. 


Las escuelas, las familias y las instituciones de salud podrían desempeñar un papel esencial. No bastaría con decirle al niño que “se ponga bloqueador”. Habría que enseñarle a buscar la sombra, utilizar sombrero y ropa adecuada, proteger los ojos y reconocer que el protector solar es un complemento de todas esas medidas, no un permiso para permanecer indefinidamente bajo el sol. 


En los bebés pequeños, especialmente antes de los seis meses, la prioridad debe ser evitar la exposición directa y utilizar sombra, ropa y barreras físicas, siguiendo siempre las indicaciones del pediatra. 


Aprender a utilizarlo correctamente 


Usar protector solar no consiste solamente en aplicar una pequeña cantidad por la mañana. Debe elegirse un producto de amplio espectro, que proteja frente a radiación UVA y UVB, con un factor de protección adecuado. También es necesario aplicarlo en cantidad suficiente y recordar zonas que suelen olvidarse, como las orejas, el cuello, el escote y el dorso de las manos. 


Cuando existe exposición al aire libre, debe reaplicarse aproximadamente cada dos horas y después de nadar, sudar o secarse con una toalla. Ningún protector solar bloquea por completo la radiación ni permite exponerse sin límite. 


La fotoprotección es un conjunto de hábitos: observar el índice ultravioleta, evitar las horas de mayor intensidad, buscar sombra, utilizar ropa protectora, sombrero y anteojos adecuados, además de aplicar correctamente el protector. 


Tal vez necesitamos dejar de promocionarlo como un producto estacional y comenzar a explicarlo como lo que realmente representa: una herramienta cotidiana de prevención. 


Si un niño puede aprender que debe cepillarse los dientes todos los días para evitar una enfermedad futura, también puede aprender a proteger su piel. El hábito adquirido hoy puede evitar un daño que tardaría décadas en manifestarse. 


El protector solar no debería ser el producto que recordamos cuando hacemos la maleta. Debería ocupar un lugar habitual en nuestra vida, junto al cepillo de dientes y todas esas pequeñas acciones que repetimos diariamente porque sabemos que protegen nuestra salud. 


La nota está respaldada por las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud, que aconseja protección cuando el índice UV alcanza 3 o más y destaca la importancia de educar a los niños, y por la Academia Americana de Dermatología, que advierte sobre la exposición junto a ventanas y durante la conducción. 

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